sábado, 3 de junio de 2017

Selva

Tú sabes hablar lenguas que yo no.
Sabes amar, huir y ser sincera.
Porque te escondes no, porque cobijas
una fogata con tu risa y forma
y la perseverancia de los días de lluvia
cuando resbala por tu cuerpo a tierra.
Ante tus pies coloco piedras lisas
que sé que son monedas y señales que escuchas
para contar leyendas y el origen del día.
Si a tu mano se acerca lo que tocas,
una canción de ausencia se convierte
en suave primavera y voz de niña,
mientras cierro los ojos y en el sueño
una mujer dormida me despeina.





* (Cuando llegué a Mallorca en septiembre de 1992 entré por Selva, uno de los lugares más singulares de esta isla, donde viví quince días en el Carrer de la Llum, número 1, en casa de una antigua y exquisita amiga de los años de estudio en la carrera hasta que encontré en Artá la mía, y aquel fue el mejor modo de llegar a esta tierra. A Selva vuelvo con alguna frecuencia, en el camino de subida a Lluc, al pie, por Inca, de la Tramuntana. Este poema es un recuerdo y homenaje. Todo encuentro en la vida es un reencuentro, pues todo es movimiento y confluencia, o todo lo que se aleja un día vuelve y, como ya he contado, hay órbitas que a cada aproximación se reconocen y transforman. Para cualquier otro paseo, a la noche, entre las buganvillas -tan mencionadas en sus poemas por Castelo-, limoneros, jazmines, casas de piedra en calles que se giran mientras bajan y suben y abrazan miradores, en donde a veces adquieren forma humana las estrellas, quede este canto recuperado de un cuaderno y presente en mis ojos que bendicen lo libre.)
    

3 comentarios:

H. Barrero dijo...

Honradamente, uno no sabe qué es más hondo y
Hermoso si el poema o "el asterico". Duo de ases
Ambos. Un abrazo

Carlos Medrano dijo...

La vida no ha hecho más que regalarme amigos y encuentros sagrados. Algunos de ellos, hace tiempo perdidos tras la frontera de la muerte, me acompañan desde ese pulso de silencio a diario. Sigue intacto el afecto, me protegen. Otros no; nos separan tan sólo la distancia de unas ciudades, países, o fronteras de agua. La distancia no existe aunque seamos tan físicos como el tacto y el peso de la carne. Tan reales, como vernos y oírnos, y entonces es posible todo lo que en su potencial estaba desde el comienzo y además presentido. Sin embargo, agradezco infinito el regalo de habernos conocido y empezado un diálogo que ojalá valga desde nuestra palabra y entendimiento para mucha gente. Porque viniendo desde muy abajo aspiramos al salto, guardamos la memoria del Centauro o el impulso de Ícaro. Con profunda nostalgia, el mar es una lágrima que no cabe ni separa el Atlántico. Vives en la ciudad de los aires felices. Lo apoyo y lo celebro desde un rincón mediterráneo con un vino delante, en un bar andaluz donde ahora tomo algo. Seguiremos leyéndote. Cada vez hay más gente capaz de disfrutar de este tiempo en el mundo, este transcurso no limitado si hay un sentir audaz e inteligente. Abrazos y bienvenido, Hilario. El no pasar los años es una realidad desde su original propósito, desde saber que lo que somos, compartido, no es una apuesta en valde.

Juan Ricardo Montaña dijo...

De pronto los aromas, los silencios y las sombras, testigos de noches mágicas donde el alma y el espíritu se serenan. Un regusto a saborear deleites ya vividos como quien glotonamente da cuenta del mas suculento de los postres. La ausencia, la mano otrora generosa vuelve al tacto de la seda y la piel recobra sensaciones que el tiempo no olvida. Si vivimos, estas sensaciones serán los testigos de nuestro paso y ya todo habrá merecido la pena.
La ciudad nos cobija, ajena del bien que proporciona. Ni siquiera presume de su belleza. Como dama generosa y entregada permanece en silencio y nos brinda todos sus encantos. Y el aire que todo lo ve y lo sabe se transforma en nuestro confidente y calla.
Yo me pierdo entre el manglar de sus calles, gozoso.

Un abrazo,
Juan Ricardo