martes, 7 de noviembre de 2017

Sin olvido ni ausencia

A veces, la presencia del amigo que falta es tan grande que parece advertirnos de que algo no presente, mas con la misma fuerza, quisiera ser pese a no darse ya entre él y nosotros la cercanía de antes; y entonces sucede como un golpe: una conversación, un gesto, un impulso tan real en su ausencia que podría repetirse; y, sobre todo, el apoyo de querer estar cerca asistiendo sin pausa para hacer que logremos lo arriesgado o difícil que nunca abandonamos. Es su modo de rozarnos sin cuerpo y estar de nuevo en tierra. No se han ido, ni está roto lo que nunca en el fondo se separa porque nunca fue otro. Es su emoción lo que hay en los ojos: la calle abierta, el cielo que se mueve, el blanco y sus reflejos oscilantes que dan su luz al día. Nada duele. Accedes hasta ellos: a su vivir distinto. ¿Quién sabe si es posible ser igual de este lado? Lo concibes.
  
  
*(Días antes del uno de noviembre, paseando, anoté esta reflexión y vivencia que ahora saco desde el recuerdo frecuente y afectivo. Digamos que soy parte del sentir aprendido al lado de ellos. Me refiero a algunos nombres queridos de esta página: Juan Manuel Rozas, Ángel Campos Pámpano, Santiago Castelo... ¿Geografía extremeña? No sólo, pero no somos tanto de otro sitio. Lo que nos une a los lugares, sobre todo al de aquellas coordenadas en especial entrañables, y más allá del territorio y relieve de su espacio, suelen ser las personas con quienes convivimos y nos recuerdan. Mientras vivan o sigan ahí está el puente y es posible el retorno que a cada vuelta nos cobija. Pero cuando no están, solemos recordarlos junto al hueco y hoguera de los días que se acortan, como ahora. Vivir es compartir y una experiencia de diálogo. A distancia, no pocas veces se está cerca. Cualquier lugar también nos lleva a cualquier sitio y es parte de nosotros. Hay señales de que todo nos roza y espera en su momento. Podemos escucharlas. Mientras tengan sentido, nos conforman.) 
   

domingo, 29 de octubre de 2017

Manos

                                                  a María Hoyos

Manos pálidas, leves, a veces casi místicas,
incapaces de un arma, ajenas a la sombra,
volcadas al reflejo de la vida,
si acaso melancólicas, conformes
con las briznas que cuidan y el reflejo que rozan.
Las miro bendecidas
por su propia frescura y transparencia.
Dejaría yo en ellas
la sed del mediodía, la mirada más clara,
la vocación de tierra a la que no renuncian,
porque como una fronda 
o un pájaro de agua
que vertiera su estela de color o de música
según el mundo vuela,
merecen ese aroma
del jazmín, del olivo, de la luna,
sereno como el tacto
de un rincón de costura a la luz velazquiana.




lunes, 23 de octubre de 2017

Te remito una foto de madroños

Pedí al mar que vertiera en mis labios
la pulpa del madroño
y el sentido del aire hizo el resto.
Posó sobre mis manos sus rugosos colores,
su corazón abierto y granulado,
su acorde blando y roto a cualquier roce,
su deseo de huida como un pájaro
que deja atrás su sangre para un niño.
Lo probé al sol bajo el que paladeo
esta escala de rojos
cuyo orbe es dorado
igual que un día se abre
la temblorosa entrada que da a un templo
donde la luz es el don más invicto,
el tacto de un sonido,
el vitral escanciado como un grito
sobre un diamante líquido,
o el regazo inviolado
al pulso de unos ojos. 
Y ahora siento
de nuevo
bajo un cielo de azules
la espiral del salitre y de lo cálido.
Sostengo en la templanza de este fulgor granado
la ausencia de deseo pues de nada carezco,
y al ofrecerte el fruto cuyo sabor te envío
en él recibo el mundo.
Es un balcón su rostro
minucioso y extenso
desde este lugar alto
en que el madroño crece
en la ladera donde el aire fluye.
Pienso en ti. Nada falta.
Si siento el mediodía,
soy en él. Y por tanto,
te invito, te contemplo,
como si fuera cierto aquí encontrarte.




jueves, 28 de septiembre de 2017

Habibti

Bajo la lluvia,
¿mi aliento te recorre
o te pronuncia?

Mínima sílaba,
vi volar las vocales
y ansié ser música.

Tu vestimenta
fue la piel delicada
de cada hora.

Verte callada
me trajo el oleaje 
de las orquestas.

En lo que olvidas
el vértigo se calma
si se desdobla.

Dejo que dance
el aire en tu figura
por no dañarla.

Como en la orilla
del cauce sobre el agua
que te refleja.

Caligrafía
del nombre que nos lleva
al pie del alma.

La luz desea
mostrarnos la palabra
que da la vida.

Para que vuelvas,
descubro en el silencio
que adentro eras.

  
* (En el recuerdo de los destellos poéticos del habla mozárabe de las jarchas nos resuena el término árabe habibi que en boca de aquellas doncellas mencionaba al destinatario de esos amores tocados con el temor de no volver a verlo o el sufrimiento de la separación tras el encuentro. Con la delicadeza de aquellas confidencias de esta esencial y primitiva primera muestra de las cantigas de amigo hispánicas y su mestizaje tan necesario hoy, y en verdad luminoso, de nuestra identidad y cruce de culturas, surge este poema y el título elegido.  Junto al término árabe  حبيبي  - habibi, amado, amigo- , está el correspondiente femenino, حبيبتي , habibti, aquí elegido. Agradezco a mi amiga Fátima Zahra su ayuda filológica.)



domingo, 17 de septiembre de 2017

Nostalgia

En el otoño,
bajo el cielo dorado,
el mar crepita.

Si sabes refugiarte,
la lluvia escucha.

Por la calle del agua
ya no me buscas.

La mano que se moja
y abierta gira.
  

martes, 12 de septiembre de 2017

Imagen veraniega

Flor entre rejas.
Y en la calle vacía,
sobre la cal y piedra,
el cactus desplegaba
su memoria solar,
la llamarada efímera.

Fugitiva verdad.
Quien te contempla
recobra nuevamente
la imagen imprevista
del ciclo de la vida y su pureza.

Más allá de un final
la sed crea la fuente,
la órbita del tiempo,
el pulso y el latido
de lo audaz
que se inicia.
     

     Montánchez, agosto de 2017

viernes, 1 de septiembre de 2017

Gin tonic

                                  a Luis Ángel Lobato

Roza el labio el cristal de la copa celeste
mientras el jazz recorre el alma de la noche
y en la barra otro espejo abisal y salobre
te conoce y se acerca sugeridor de historias
como un dátil abierto en la mitad de un filme.
Varios tragos deslizan el foulard de su canto
que en espirales suelta las sombras de un eclipse.
Sabe tu corazón oblicuo a la penumbra
de luces patinadas en oasis nocturnos
la manera de alzar sobre un mástil destellos
que tintinean el hielo de sueños boreales
y el esplendor del rimmel que hiere sonriente.
La voz angelical, la boca temblorosa,
la silueta del mar extendido delante.
Todo el alcohol se mezcla en música que envuelve
mientras cae rodando a los pies del invierno
la noche helada, el cierzo de la calle,
los juncos que se inclinan al temblor de unos ojos
de celuloide y nieve para nunca olvidarlos.
Dame tu mano, pulso y asombro de mi origen,
tan soñado en las tardes bajo un canal sin agua
sepulto solamente por el llanto del aire.
Esa cintura frágil que recorro y conozco
con perfil de Los Ángeles o un jardín de Verona,
me visita y me invade, la recibo en los parques
marchitos de mis versos y en mi sangre de otoño.
Sigo el vuelo a las aves que sostienen las torres
de las que nunca supe o separarme quise.
Soy su raíz y vértigo donde abrazar la muerte
y recibirla joven como el eco de un pozo,
Ofelia sin retorno, perfil de luz, palabra
herida y tibia, aldaba incendiada en las tardes
como eterna presencia del anhelo y el beso
en la cadencia malva anterior al ocaso
o el acorde metálico que corona el silencio.
Un capitán no torna ni sabe cómo hacerlo
cuando ha tocado el canto de sirenas y esfinges.
Borges, Cernuda, Gimferrer o Cortázar
me esperan cada alba para abrazar confines
y recibo en mi aliento su saliva de sombra
y junto al vaho me dictan la bruma de esos ojos
grabados en las piedras que envenenan la tinta.
Apuras hasta el hielo la ginebra humeante
mientras te abraza el sueño y caes en la certeza
de que fuiste de sobra tantas noches de copas
la forma de las formas de trazar los insomnios
con que la fiebre pinta galerías que retumban,
o un telón se levanta de un cine entre la niebla
y seguirá enlazando sus sesiones continuas
donde Bogart, Visconti... o Greta y Dashiell Hammett
quisieran ser tú mismo, sobre ti se prolongan,
y cuando cierra todo y nada aún comienza
te deslizas lo mismo que los gatos que en Ítaca
te conocen y maúllan al llamarte Luis Ángel.
   


Nevada sobre el parque de Medina de Rioseco, 2015